Uno de los personajes mas pintorescos del barrio en donde habitaba mi abuela,
era sin lugar a dudas "El Firpo". El Firpo era el verdulero ambulante que se
detenía todos los días en la esquina de la casa de mi abuela, su móvil era una
carreta tirada por un burro. En realidad no recuerdo su nombre y tal vez nunca
lo supe, pero en verdad el burro era el que se llamaba "Firpo" pero como el
verdulero arreaba a su burro diciéndole "¡Ándale Firpo!", el nombre se le hizo
extensivo al verdulero que no creo que haya estado muy contento ya que su burro
era más popular que él cuando las vecinas gritaban alertándo a las demás amas de
casa: "!Ya llegó el Firpo!".
Esta era la llamada para la congregación de las señoras con sus bolsas del
mandado para comprarle al verdulero sus preciados productos regionales y
algunos, no muchos de otras regiones. Las señoras dejaban sus quehaceres del
momento para tomar sus cestas, las mas previsoras con su lista de lo requerido
en la cabeza ó en un pedazo de papel. Mi abuela hacía lo propio al tiempo que me
llamba: "¡Jano, ya llegó el Firpo!" Si, las señoras no eran las únicas que
esperaban al mentado Firpo, los golosos y curiosos chiquillos formabamos una
pandilla disuelta pegada a las faldas de las madres o como en mi caso, de mi
abuela.
La carreta del Firpo, era hecha de madera rústica pero no se alcanzaba a
mirar toda su estructura ya que las cajas de frutas y verduras al igual que
todos los productos que colgaban cubrían su estructura. Recuerdo que la carreta
era muy vieja pero fuerte. Normalmente el verdulero no subía a la carreta y la
seguía a pie, tal vez para darle un respiro al pobre Firpo. En el asiento de la
carreta guardaba ciertos productos selectos y su caja del dinero. Adornaban la
carreta: elotes, naranjas, sandías, apio, tunas, mazos de cilantro y perejil,
zanahorias, lechugas, pepinos, manzanas, papayas, duraznos y otros productos. En
la parte baja colgaban jaulas con pollos vivos y la verdad no recuerdo que más
había pero precisamente una de las anécdotas mas vívidas lo escenificó una
gallina. Resulta que alguna vecina decidió comprarle una gallina pero la quería
muerta y que el verdulero le hiciera el favor de sacrificarla. Nuestro verdulero
que no era muy ortodoxo en éstos menesteres pero sí muy práctico sin más ni más,
tomándo a la gallina del pescuezo la hizo girar varias veces con el resultado
que éste se quedó con la cabeza en la mano y en el suelo corriendo, saliéndole
borbotones de sangre por el cuello la gallina que hizo brincar a toda la
concurrencia, principalmente a mí que en mi vida había visto tal espectáculo
pensando tal vez en algo malévolo. ¿Cómo si la gallina ya está muerta puede
estar corriendo? Aunque la maestra de biología me haya explicado esto años
después, todavía para mí esto es una enigma ya que no fueron unos segundos sino
una eternidad lo que la gallina corrió causando el pánico! ¡Parecía que me
perseguía a mí por momentos y luego perseguía a los demás!
Normalemente, esperaba pacientemente mirando con curiosidad lo que había en
la carreta, llegando todos a saber cuál sería el menú de la vecina de al lado.
En un momento mágico para mí, mi abuela hacía la esperada pregunta: "¿qué fruta
quieres?". ¡Bendita abuela! Regalaba a mis papilas gustativas de melocotones,
peras, duraznos ó manzanas que mis ojos acaricibian en la espera tomando la
decisión de que fruta sería la que me regalara sus néctares. Regresábamos todos
a nuestros quehaceres abandonados, yo, tal vez a seguir subiéndo al árbol de
guamuchil o a seguir jugando con mis juguetes no sin antes paladear mi codiciada
fruta!
Momentos que no tienen precio son estos que revolotean y alegran siempre mi
semblante al recordarlos. ¡Cosas pequeñas con un valor inmenso!
(Mi hermano Melvin me recordó el nombre del verdulero: Don José.)
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